¿La muerte de la TDA?

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Por Ceferino Namuncurá -2 de noviembre de 2020

“El sustantivo ‘critica’, si es tolerado o incluso uno mismo se las da de crítico, suele aparecer seguido por el adjetivo ‘constructiva’. Al revestirse de lo positivo, la crítica queda domesticada de antemano y pierde su vehemencia.”

Theodor Adorno

En un encuentro de “Democracia y Comunicación” el secretario de del que es también mi gobierno, Francisco Meritello, señaló: “pienso que la TDA es un sistema que no va a durar mucho, la fibra digital terminará comiéndose a la TDA (Televisión Digital Abierta)”.

Reconozco no conocerlo al compañero funcionario; no me cabe ninguna duda de que tales afirmaciones se sustentan en la firme convicción de que la política en general y la de comunicaciones en particular son la única herramienta de transformación real de nuestro pueblo, y menos aún de que la TDA como concepto tecnológico político es una más de esas herramientas que permiten en este país tan desigual la inclusión digital, la igualdad de posibilidades, la integración cultural y social de las distintas expresiones, el acceso en muchos casos al primer contacto digital en esta sociedad tan diversa y, fundamentalmente, el cumplimiento del rol indelegable del Estado de acercar a esos compatriotas que han decidido vivir y construir su historia en los lugares más recónditos de nuestra patria las mismas políticas implementadas en los centros urbanos más importantes. En definitiva, nada más ni nada menos que defender el espíritu de los planes de inclusión e integración de cada argentino, frente a un modelo que sustento el gobierno anterior de negación de este derecho inalienable, vivir donde se eligió vivir.

En tal sentido, y más allá de discutir predicciones fortuitas, entiendo que es necesario resignificar el aporte significativo que representa la TDA en este contexto de desigualdad que todavía no se ha superado.

Resulta absolutamente trascendente, antes de cualquier análisis, hurgar profundo en las raíces profundas de la decisión política que hizo a la TDA posible y que a las claras ha mostrado valores superlativos como y como herramienta de políticas de vanguardia.

En tal sentido, no debe perderse de vista que la TDA fue parte de un programa nacional de comunicaciones, con un concepto revolucionario, a partir de una visión alejada del mercantilismo de turno, plasmado en un mapa geográfico-tecnológico moderno, dos satélites de comunicaciones en las posiciones orbitales 71 y 82, más de 34.000 km de fibra óptica  configurada en la integración de localidades olvidadas por el “mercado”, centro de datos en Benavídez y en la provincia de Santiago del Estero, frecuencias para tecnologías inalámbricas y la TDA integradas bajo la empresa de Estado ARSAT.

La implementación de esta política significó saldar una deuda social, la integración en la dimensión tecnológica, la producción de contenidos nacionales, regionales y locales, el desarrollo de investigaciones, el aporte de valor agregado nacional y regional en el área tecnológica, el derecho a elegir entre en sistema pago y otro libre y gratuito en igualdad de condiciones de calidad y, fundamentalmente, correr los límites políticos a toda la geografía de nuestra patria.

La negación de una negación es una visión de dialéctica positiva, y desde ahí me permito dejar en claro mi posición crítica y también mi visión positiva para no enclaustrarme, como afirma Adorno.

La afirmación del compañero apareja una contradicción entre conceptos. Lejos está la muerte de la TDA en el desarrollo de la fibra óptica. En principio, porque son sistemas complementarios. Es más, el desarrollo de la red nacional y provincial de fibra óptica quizá sea, en virtud de la evolución tecnológica, la evolución de los sistemas de televisión digital y la integración con otros servicios de comunicaciones: al respecto, bueno es traer a colación las investigaciones iniciadas en febrero de este año en Alemania, donde se estaban probando sistemas de alta potencia para televisión digital en convivencia con el 5G.

Es factible desagregar conceptos secundarios de uno primario, pero en definitiva significaría segmentar la integralidad de lo que encarna una decisión política. La fibra óptica como topología, como configuración, marcará no solo un nuevo mapa de conectividad, sino que hará posible la integración de distintos servicios, nuevos umbrales de calidad y la definición de nuevos derechos, entre ellos el de “vernos”, actividad lejana a la mera sensibilidad sensorial: vernos significa vernos desde nuestras particularidades, desde nuestras costumbres, desde nuestros modos de ser, en la búsqueda de esa identidad que expresan las políticas de los gobiernos populares, desclasificados los estigmas para trascender como pueblo.

Conceptualizar la TDA es conceptualizar la política de comunicaciones de un país visto desde una mirada popular, es despojarse de predicciones y de mitos; para superarlos, solo basta con dirigir la mirada a los hechos consumados, esos mismos que el gobierno de derecha quiso estigmatizar en virtud de los intereses corporativos que representó; a partir de ahí alcanza con resignificarlos y redefinirlos, si así se lo visualiza.

El sentido está a la vista. Invocar la otra variable de la crítica constructiva, en definitiva, el positivismo de una negación de otra negación, es a mi entender estirar la mano para ver lo que existe: la totalidad de las escuelas rurales con televisión digital, miles de argentinos viendo contenidos realizados por nuestro pueblo en forma libre y gratuita, el encontrar en una pantalla los rostros de quienes nos resultan cercanos y descubrir en la TDA una herramienta más de construcción de un nuevo paradigma de sociedad.

La muerte de la TDA es el apocalipsis que esperan los sectores concentrados. Mientras la TDA exista, es nuestro deber profundizarla, internalizarla en nuestro pueblo, donde todavía existen voces que no se escuchan. (Fuente: sangrre.com.ar)

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